“Y David dijo con vehemencia: ¡Quién me diera a beber del agua del pozo de Belén que está junto a la puerta! Entonces los tres valientes irrumpieron por el campamento de los filisteos, y sacaron agua del pozo de Belén… y la trajeron a David; mas él no la quiso beber, sino que la derramó para Jehová” (2 Samuel 23:15-16).
Lectura: 2 Sam. 23:15-17.
En el calor de la batalla David tenía sed. Deseaba refrescarse del agua del pozo de su pueblo, pero cuando sus tres valientes se la consiguieron, arriesgando sus vidas, él no quiso beberla. Consideró que solo Dios era digno de tan gran sacrificio. Por lo tanto, ofreció a Dios aquello que su cuerpo pedía para su propia satisfacción. Solo quienes aman plenamente al Señor poseen este espíritu de negar sus propios deseos naturales por amor a Él. En lugar de satisfacerse a sí mismos, quieren satisfacer a Dios con aquello que les habría llenado. Un vaso de agua no parece gran cosa para sacrificar, pero el sacrificio de nuestros deseos es siempre muy costoso, sobre todo cuando nuestro cuerpo lo está pidiendo a gritos. ¿Qué es lo que más deseo en estos momentos? Si lo agarro para mí mismo, me corrompe, pero si se lo doy al Señor, produzco gozo en su corazón en un hermoso acto de adoración.
Esto nos recuerda a la mujer con el frasco de alabastro que valía una fortuna. Lo rompió y derramó el perfume a los pies de Jesús: “Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume” (Juan 12:3). Habría sido su posesión más valorada. Igual que derramar el agua del pozo de Belén en el suelo delante del Señor, parecía un derroche de algo precioso que no hacía falta. Cuando amas, todo hace falta, y ningún sacrificio es demasiado grande. El amor no calcula el coste.
Dios calculó el coste del sacrificio que estaba pidiendo a Abraham. Dijo: “Toma tu hijo, tu único hijo, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto” (Gen 22:2). El corazón de Abraham tenía que haber deparado en aquel momento: ¿cómo podría Dios pedir una cosa que parecía contradecir todo lo que había dicho hasta ahora? ¿Cómo podría estar dispuesto a hacer tal cosa Abraham? ¿Qué le motivaría? Un santo temor a Dios, mezclado con amor por Él, que no tenía medida. Este sacrificio movió el corazón de Dios que en la eternidad ya había ofrecido a su Hijo quien “era su delicia de día en día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo” (Prov. 8:30).
El amor sacrificial que se niega a sí mismo y está dispuesto a renunciar a lo que más desea porque Dios se lo pide, o porque nuestro corazón nos lo exige, forma parte de la sustancia y naturaleza de las relaciones afectivas, humanas y divinas. Cuando renunciamos a algo que deseamos con toda nuestra fuerza, porque Dios nos lo pide, y decimos: “No mi voluntad, sino la tuya sea hecha”, ya tenemos la victoria. No se ganó en la cruz, sino en Getsemaní. Triunfamos en la crucifixión de la carne y sus deseos naturales; hemos ganado, y entonces Dios, mueve cielos y tierra para bendecirnos, y en su entusiasmo, rompe las leyes de la naturaleza y da vida a los muertos, porque alguien ha comprendido Su naturaleza.
Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.