NUESTRO CAUDILLO

“He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones” (Isaías 42:1).

Lectura: Is. 42:1-4.

En este pasaje el Padre está presentando al Hijo en su capacidad del “Siervo del Señor”. De él dice: “He aquí mi siervo”. Contemplamos al eterno Hijo de Dios en condición de hombre, venido al mundo para traer justicia a las naciones que lo componen. Finalmente será el Rey a quien es dada toda autoridad en el cielo y en la tierra, pero esto será después de ganar la victoria sobre el usurpador. Ahora tiene una carrera para correr y una batalla para librar. No viene como prepotente para ganar el poder por los típicos medios políticos. No va a organizar una campaña gritando en la calle con un megáfono para atraer las multitudes: “No gritará, no alzará su voz, ni la hará oír en las calles”. Al contrario, viene como siervo para introducir su reino no con un ejercito y una guerra sangrienta, sino luchando contra un enemigo invisible, espiritual, más fuerte que ningún ejército humano, y la sangre que será derramada será la suya propia.

            Será manso y humilde, todo lo opuesto a un político típico: “No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare” (42:2, 3). Será tierno y compasivo con los que sufren, con los desafortunados y los cascados. Los débiles, enfermos, ciegos, heridos, leprosos y pobres tendrán toda su compasión y atención. No hará peor su situación de lo que es ahora, sino que la restaurará. Es el médico que no solo sana, ¡rejuvenece! No solo consuela a la viuda que ha perdido a su único hijo, ¡lo resucita! Es un Rey que restaura la vida del enfermo, un abogado que defiende a la víctima y la convierte en vencedora; es un consejero que imparte sabiduría brillante, y un pastor que guía a su rebaño al paraíso. Y lo hace a expensas de sí mismo.

            Tendrá una energía y vitalidad que no es de este mundo: el Dios Omnipotente lo sostendrá. Lo promete: “Yo le sostendré” (42:1). “Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero el Siervo que espera a Jehová tendrá nuevas fuerzas; levantará alas como las águilas; correrá y no se cansará, caminará y no se fatigará” (40:30, 31). Su vida es el cumplimiento de esta profecía que hemos alterado para plasmar la realidad de su vida. “No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra justicia” (42:4). Todo el judaísmo, el imperio romano y las huestes del infierno se unieron para impedir su misión, y fracasaron porque Jehová de los ejércitos lo sostuvo, ¡toda la gloria a su Nombre! No ha terminado aún. Desbancó al usurpador y recuperó la autoridad que el hombre había cedido a Satanás en el Edén. Ahora reinará hasta que haya puesto a todos sus enemigos bajo sus pies y luego entregará el reino al Padre (1 Cor. 15:24-28), porque es eternamente humilde, siempre existirá para gloria del Padre. Este es el magnífico Siervo de Jehová y nuestro Salvador a quien hemos aprendido a amar.    

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