“Tu amor inagotable, Oh Señor, es tan inmenso como los cielos; tu fidelidad sobrepasa las nubes. Tu rectitud es como las poderosas montañas, tu justicia, como la profundidad de los océanos” (Salmo 36:5, 6, NTV).
Lectura: Salmo 36:5-10.
En este salmo, David está derramando amor a Dios. Está fascinado con su Persona. Ama al Señor con pasión. El salmista agota su vocabulario para expresar la magnitud del bien que ha encontrado en Él. Ha experimentado su amor inagotable, su fidelidad, su rectitud, su justicia, sus cuidados, y sabe lo que es refugiarse debajo de la sombra de tus alas. Ha sido alimentado con la abundancia de su Casa y ha bebido del río de sus delicias. Exclama: “Tu eres la fuente de vida, la luz con que vemos” (36:9). David llega al corazón de Dios con su aprecio de lo maravilloso que es Él. Por eso, Dios amaba tanto a David, no por su perfección ética, sino por su amor apasionado por Él. Dios tiene emociones fuertes y David conectaba con ellas y las reciprocaba.
Dentro de todos nosotros hay un profundo deseo de ser comprendidos y valorados. Queremos que alguien llegue a las profundidades de nuestra alma. Lo que nos satisface es ser amados con un amor comprensivo que abrace lo bueno que hay en nosotros. Fuimos hechos a la imagen de Dios, por lo tanto, compartimos con Él el deseo de ser amados con comprensión. El Señor es el único digno de nuestros sentimientos más profundos. Hay profundidades en nuestro corazón que ninguna persona puede entender. Tenemos sentimientos que no pueden ser alcanzados, ni ofrecidos a nadie, porque nadie puede apreciarlos. Nuestros deseos de cariño son tan profundos que nos frustramos cuando buscamos su satisfacción en un ser humano. Lo mismo pasa cuando abrimos las profundidades de nuestra alma a otra persona: nos frustramos, porque nunca puede responder de manera que satisfaga nuestra necesidad. Dios es la única Persona digna de recibir, y el único que comprende, la abundancia de nuestro corazón.
David está diciendo que el amor, la fidelidad, la rectitud, la justicia, y los cuidados se hallan en Dios, y que quiere ir recibiéndolos para sentirse plenamente satisfecho. Estar completamente satisfechos es maravillosos. No hallamos esto en las relaciones humanas, sino en Dios, quien nos creó para Él. Él es el que nos nutre, nos da de beber, Él es la fuente de la vida y en su luz vemos la luz. Esta luz es el entendimiento necesario para comprender a Dios. En la oscuridad que rodea a la gente, no pueden ver a Dios, porque es necesario estar en su luz para verlo.
Hasta este punto el salmo es una descripción de Dios. David lo concluye con una oración: “Derrama tu amor inagotable sobre los que te amán” (36:10). El bien mencionado que tanto necesitamos forma parte de Dios, pero Él está en el cielo y nosotros estamos aquí en la tierra. ¿Cómo, pues, podemos conseguirlo? No es necesario quedarnos en el desierto cuando existe lo que deseamos en Dios. ¿Cómo tener acceso a ello? El suministro viene por medio del Espíritu Santo que derrama el amor de Dios en nuestros corazones (Rom. 5:5). El Espíritu nos conecta con el cielo y, por medio de Él, recibimos de Dios todo lo que satisface nuestra alma. Con David pedimos: “Padre, derrama tu amor inagotable sobre los que te aman”, Amen.
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