VERTIDO A TUS PIES (1)

“Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume” (Lucas 7:37, 38).

Lectura: Lucas 7:37-47.

            Esta historia de la mujer que ungió los pies de Jesús con el perfume carísimo se encuentra en los cuatro evangelios, y es normal, porque Jesús dijo que por dondequiera que se predicase el Evangelio, lo que ella hizo sería recordado (Mat. 26:13). Jesús explica el motivo del derroche diciendo que ella lo hizo porque lo amaba mucho, porque había sido perdonada de mucho pecado: “Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, por lo cual, amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama” (7:47). Lo suyo fue un derroche de amor. Amó tanto, que no le parecía un gran sacrificio derramar su tesoro sobre los pies de Jesús. Lo habría comprado con el dinero que ganaba en su trabajo inmundo, pues esta mujer ejercía la profesión más antigua del mundo. El frasco de alabastro habría representado los ahorros de toda una vida, dinero sucio. Al romper el frasco de alabastro estaría rompiendo lo último que quedaba de su vida anterior de pecado. Había encontrado a Jesús quien le había liberado de siete demonios y los tormentos que los acompañaban (8:2). Le restauró su dignidad como mujer, su sano juicio e ilusión de vivir. Ella rompió el frasco de alabastro y derramó su tesoro a los pies de Jesús porque lo amaba.

            Esto nos recuerda de Otro que hizo lo mismo. Rompió el vaso de barro de su amado Hijo, su cuerpo, y derramó su Tesoro a nuestros pies, es decir, partió el cuerpo y vertió la sangre de su amado Hijo sobre nuestros pies en un acto de amor sacrificial, para limpiarnos de todo pecado. Su Hijo siempre había sido el Tesoro de su alma. ¿Por qué lo amaba tanto? Porque Jesús amaba a su Padre de la manera que quería ser amado. Hay muchas maneras de amar, y Jesús había empleado todas para comunicarle al Padre su mucho amor por Él. Pasaba tiempo con Él, lo escuchaba, le decía palabras cariñosas, era uno con Él: procedió de su mismo seno y, por último, lo obedeció hasta la muerte. Amó a su Padre con sangre, la misma que nos limpia de pecado. El Padre quería ser amado con sangre, porque la sangre representa la vida.

            Cuando la mujer derramó el perfume de mucho precio, la gente de su alrededor protestó diciendo que era un malgasto de mucho dinero. ¡Cuánto más lo pueden decir del derroche del Padre de su amado Hijo, derramado su sangre a nuestros pies! Si Pedro protestó porque Jesús quiso lavar sus pies con agua (Juan13:6-8), cuánto más podemos protestar nosotros porque Jesús quisiera lavar nuestros pies con su propia sangre. Decimos al Padre: “No me laves, no lo merezco, no te puedes humillar tanto, no puedes sacrificar al que ama tu alma para limpiar a un pobre pecador como yo”. Y el Señor contesta que, si no nos lava, no tenemos parte con Él. Él sacrificó tanto porque amó tanto. El sacrificio de su Hijo es la medida del amor de Dios para con nosotros. Perdonó mucho porque amó mucho. Esta Pascua, deja que el Señor Jesús lave tus pies con su sangre, y que los bese, emocionado por el amor tan grande que tiene por ti. 

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