LA ENTREGA DEL TESORO (2)

“… y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume” (Lucas 7:38).

Lectura: Juan 12:1-8.

            Hemos visto que la mujer entregó su tesoro a Jesús, rompió su frasco de alabastro a sus pies en un acto de amor sacrificial. En Getsemaní, Jesús hizo lo mismo, entregó su alma, vida y voluntad para ser sacrificado en el altar de la cruz. Su tesoro era su propia vida, quebrantado y derramado por amor a nosotros. Con su sangre lavó nuestros pies. El Padre estableció el patrón con Abraham quien ofreció al hijo de su amor a Dios en sacrificio, el cual Dios interrumpió para completarlo Él con el sacrificio de su Hijo, su Tesoro, el Hijo de su amor. Y también recae sobre nosotros hacer lo mismo, ofrecer nuestros cuerpos en sacrificio vivo a Dios (Rom. 12:1, 2). Motivados por gratitud por lo que Él hizo por nosotros en el sacrificio de su Hijo llevamos nuestro tesoro al altar.

            La salvación en Egipto de los israelitas es un anticipo de la salvación que Dios obraría para nosotros por medio de Cristo. Dios dice a su pueblo: “Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todo los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa” (Ex. 19:4,5). En el Nuevo Testamento, el apóstol Pedro aplica este texto a nosotros: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios… Vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios” (1 Pedro 2:9, 10). Hablando de tesoros, nos llama la atención la frase: “vosotros seréis mi especial tesoro”. Para Él somos su especial tesoro. Todos los tesoros en los textos que hemos mencionado fueron sacrificados de algo muy precioso, derramados como ofrenda a Dios, desde el agua del pozo de Belén, pasando por el hijo de Abraham, el Hijo de Dios, el sacrificio de su vida y el sacrificio de su muerte, el perfume de la mujer, hasta la vida del creyente, todos tesoros, y todos sacrificados a Dios en amor. Este es el patrón. David dijo: “No ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada” (2 Sam. 24:24).  Cuando ponemos nuestra vida en el altar en sacrificio vivo, llegamos a ser el especial tesoro de Dios.    

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