LOS QUE SE SALVARÁN

“Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos” (Mat. 7:15, 16).

Lectura: Mat. 7:15-20.

            Hemos hablado acerca del carácter del cristiano. De los que tienen el carácter aquí descrito, el Señor dice: “de ellos es el reino de los cielos” (5:3); “ellos recibirán la tierra por heredad” (5:5); “ellos verán a Dios” (5:8); “ellos serán llamados hijos de Dios” (5:9); “de ellos es el reino de los cielos” (5:10). Estos son los que se van a salvar. Ahora vamos a dedicar unas líneas para hablar acerca de las vidas de los que tienen tal carácter.

Los que se salvarán son los que tienen cierta clase de carácter que se manifiesta en una vida de justicia. Estos textos no dicen nada acerca de los que creen, el juicio es en base a lo que son y hacen. Si su creencia no da lugar a una vida de justicia, fruto de un carácter cambiado, no es válida. ¿Qué pasa con la salvación por la fe? Sigue siendo verdad, pero la fe que salva es la fe que transforma vidas y produce buenos frutos. Una creencia solamente en que Cristo es Salvador, el Hijo de Dios, no salva. El diablo mismo sabe esto. Santiago lo expresa bien claro: “Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podría la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:14-17).  Así que los que se salvan son los que tienen buenas obras que son el fruto de su fe. Dios no quiere frutales bordes en su paraíso, sino frutales que den fruto en abundancia.

Tampoco se salvan los que pretenden que Jesús es su Señor, pero no lo obedecen: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 7:21). Si no ha quedado lo suficientemente claro, Jesús lo vuelve a decir por tercera vez: “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca” (Mat. 7:24). Los que se salvan son los que hacen la voluntad de Dios, los que obedecen a Jesús, que es lo mismo.

Los que se salvan no solamente creen el evangelio, sino que “lo obedecen”: “porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?” (1 Pedro 4:17). Los creyentes están “aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad, y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras (Tito 2:13, 14). El verdadero creyente anhela el retorno de Cristo, y mientras tanto, se dedica a una vida de buenas obras, porque ama al Señor.

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