LA ESPADA DEL ESPÍRITU

“Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (Ef. 6:17).

Lectura: Ef. 6:18-20.

            La Palabra de Dios es la espada del Espíritu. Es un arma que usa el Espíritu para llegar a lo más profundo de la persona: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Heb. 4:12, 13). Notemos una cosa importante: la Biblia no es nuestra arma, aunque los hay que la usan como tal. Se meten en discusiones con otros creyentes usando la Biblia como arma para dar en la cabeza del oponente. ¡Toma ya! Nosotros no podemos meter la Biblia en la cabeza de nadie a base de golpes en la cabeza, usándola como arma para convencer al otro de lo que nosotros pensamos. Es cuestión de matices, pero depende de donde está puesta nuestra confianza, en nuestra destreza y nuestro conocimiento bíblico, o en la capacidad del Espíritu para usar su espada para llegar al espíritu de la otra persona. Es importante determinar si nuestra fe está puesta en los golpes que nosotros damos, o la penetración interna del Espíritu Santo haciendo llegar la Palabra de Dios a lugares donde nosotros no tenemos acceso.

Notemos otra cosa: que esta expresión “la espada del Espíritu” está sacada de un contexto de guerra espiritual (Ef. 6:10-20), y no de una discusión carnal en que uno intenta imponer sus ideas sobre el otro. Esto es una falta de respeto a la Palabra de Dios, una falta de confianza en la eficacia del Espíritu Santo, y una débil y carnal imitación de su obra. Nosotros no tenemos que convencer a nadie de nada. Nuestra responsabilidad es presentar la Palabra, y la del Espíritu es hacerla llegar. Como máximo, nuestras palabras pueden llegar al entendimiento de la otra persona, pero no pueden llegar a las intenciones del corazón. No pueden producir una sincera confesión del pecado. No pueden efectuar un cambio en su comportamiento. No pueden romper sus esquemas de conducta o el poder de sus hábitos pecaminosos. No revelan cómo es la persona. Solo puede verse si el Espíritu Santo llega al muelle de su motivación.

Las controversias doctrinales son fútiles y pueden llegar a mucho pecado: el orgullo, la descalificación del otro, insultos, la prepotencia, la confianza en uno mismo y el desprecio del otro, divisiones y enemistades. Cuanto antes aprendamos a confiar en el poder del Espíritu Santo a aplicar la Palabra presentada, y no en nuestra capacidad para convencer, antes veremos el fruto de nuestra obra. Presentamos la Palabra y oramos, quitando los bloqueos en la mente del otro, las fortalezas que el enemigo tiene edificadas para que la Palabra no llegue, dejando paso libre a que el Espíritu pase con la Palabra y con su espada espiritual para que la Palabra efectúe su obra. Nuestra parte es esta: orar, derrumbar fortalezas, presentar la Palabra, y orar otra vez, para que la Palabra llegue, y después orar dando gracias a Dios por permitirnos participar en su obra, y orar alabando al Señor por el poder del Espíritu y su destreza para dar en el blanco con su hábil espada, ¡y dar vida con ella! Amén.  

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