“Pues, aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Corintios 10: 3-5).
Lectura: Ef. 6:18-20.
De este texto vemos que hay fortalezas espirituales que interfieren con la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas y en las vidas de todo el mundo, en las de otros creyentes y las de inconversos. Estas fortalezas son ignorancia, actitudes, prejuicios, la incredulidad, hábitos y patrones de conducta, vicios, complejos, tendencias, droga, alcohol, mentalidades, heridas, etc., cosas que el enemigo usa para frenar nuestro progreso espiritual. Las hemos de quitar de en medio para que la Palabra de Dios produzca su fruto en nuestra vida y en las vidas de aquellos por los cuales oramos. Son bloqueos que nos estorban. ¿Cómo, pues, se derrumban? Son fortalezas espirituales, y las derrumbamos con armas espirituales que son las siguientes:
- La palabra de Dios. Dios nos ha comisionado a presentar maduras toda una serie de personas que en estos momentos no lo son: familiares, amigos, hermanos en Cristo, inconversos, compañeros de trabajo, vecinos (Col 1:22 y 28). Tenemos la autoridad de derrumbar estas fortalezas porque Jesús tiene autoridad sobre ellas por medio de su victoria en la cruz, y la ha delegado en nosotros. Él no lo va a hacer. Nos ha dado a nosotros esta responsabilidad.
- Nuestra autoridad estriba en la suya, por su muerte, su sangre derramada en la cruz y su resurrección (Col. 2:13-15) por medio de la cual Él triunfó sobre los poderes del mal y desbancó la autoridad de Satanás. El Señor Jesús nos ha pasado la victoria a nosotros para respaldar nuestras iniciativas contra estas fortalezas, para destruirlas para que Él edifique su Iglesia.
- El Señor nos ha enviado con su autoridad diciendo: “Toda autoridad me es dada en el cielo y en la tierra, por tanto, id” (Mat. 28:18:19). Hemos de usar la autoridad que el Señor Jesús ha delegado en nosotros para derrumbar las fortalezas que estorban Su obra. Ahora somos sus representantes aquí en la tierra para continuar con la obra que Él comenzó cuando estaba en el mundo.
- Esta es nuestra autoridad, y nuestras armas son: la oración y el ayuno, la alabanza, la predicación del Evangelio y el testimonio de nuestra vida cristiana. Un ejemplo de la oración usada para derribar fortalezas es la liberación de Pedro de la cárcel: “Pedro estaba custodiado en la cárcel; pero la iglesia hacia sin cesar oración a Dios por el” (Hechos 12:5) y Dios lo sacó milagrosamente. El ayuno: “Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno” (Marcos 9:29). La alabanza precedió la victoria de Israel contra sus enemigos: “Y cuando comenzaron a entonar cantos de alabanza” Dios les dio la victoria (2 Cron. 20:22). La predicación del Evangelio: Pedro, con la autoridad de Cristo y el poder del Espíritu Santo, predicó el Evangelio en el día de Pentecostés (Hechos 2:37, 38) y tres mil personas fueron añadidas a la Iglesia. Y el testimonio de una vida: “Ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte” (Apoc. 12:11; 2 Tim. 4:17).
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