“Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él” (Col. 1:21, 22).
Lectura: Col. 1:24-29.
Dios nos ha reconciliado consigo mismo por medio de la muerte en la cruz de su amado Hijo con la finalidad de presentarnos perfectos delante de sí mismo: “os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante del él”. No hay creyente que lo dude. Es el maravilloso Evangelio. Pero sí que hay muchos que dudan de que el Señor Jesús nos haya encomendado la misma obra, la de trabajar con la gente para presentarla irreprensible delante de Dios: Hablando de Jesús, Pablo dice: “a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre; para lo cual también trabajo” (2:28, 29). ¿En qué quedamos? ¿Quién presenta perfecto en Cristo a todo hombre, Jesús o Pablo?, y, por extensión, ¿nosotros? Ambos.
¿Tú conoces a algunos que no están perfectos en Cristo, que aún tienen manchas de la carne en su vida? Pues, si eres un creyente maduro en Cristo, tienes mucho trabajo, porque tienes que ayudarlos a alcanzar la madurez también, es decir, a todas las personas a las que Dios te haya encomendado presentar perfectas delante de Él. Esto puede incluir a tus hijos, familiares, vecinos, niños de tu clase de la escuela dominical, personas de tu célula o grupo de oración, o personas que acuden a ti buscando ayuda. Dios nos ha dado el ministerio de la reconciliación.
Esto es lo que Pablo explica a los corintios: “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo……y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios” (2 Cor. 5: 18-20). ¿Y qué pasa si la gente no quiere recibir el evangelio o no quiere ser corregida o enseñada? Pues, estamos en una guerra espiritual y tenemos que usar la fe y la oración para derrumbar la fortaleza de incredulidad y cualquier otra fortaleza que esté impidiendo que la persona sea reconciliada con Dios.
Usamos estas mismas armas para la salvación de la gente: la liberación de la gente, la santificación de la gente y la sanidad de la gente, para poder presentar perfecta delante de Dios a todo los que Dios haya encomendado a nuestro cuidado. Que seamos diligentes con nuestra encomienda, y que Dios nos vaya enseñando y adiestrando en este ministerio.
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