“Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel. Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie” (Josué 1:2, 3).
El Señor Jesús consiguió la victoria sobre las huestes de maldad, pero el resultado no es automático. Nosotros hemos de aplicar aquella autoridad, y usarla como nuestra en situaciones concretas. Hemos de obligar a Satanás a respetar la victoria que Jesús ganó sobre él de la misma manera que la policía tiene que hacer cumplir la ley. Hemos de tomar la iniciativa de adquirir lo que es nuestro. Cuando lo hacemos, Dios nos respalda e interviene desde el cielo para hacer evidente la victoria que Jesús ya ganó a favor nuestro.
Un buen ejemplo lo tenemos con la conquista de la tierra prometida. Israel llegó a la frontera de Canaán en tiempos de Moisés. Dios ya les había dado la tierra, solo tuvieron que tomarla. ¿Por qué no recibieron lo que era suyo? Porque no creyeron la promesa. Por su falta de fe. Por su cobardía. Luego, cuarenta años más tarde, bajo el liderazgo de Josué, la tomaron. Por medio de la fe y la obediencia, entraron en lo que era suyo, en su herencia. Dios nos da, pero tenemos que hacer nuestra parte para recibirlo. Por fe, extendemos nuestra mano y recibimos lo que es nuestro. En aquel caso, tuvieron que batallar. ¡Ya estamos otra vez con el tema de la guerra espiritual! ¿Cómo consiguió Israel la victoria? Pelearon y Dios les dio la victoria: “Pasasteis el Jordán, y vinisteis a Jericó, y los moradores de Jericó pelearon contra vosotros: los amorreos, ferezeos, cananeos, heteos, gergeseos, heveos y jebuseos, y yo los entregué en vuestras manos” (Josué 24:11).
Era imposible que Israel conquistara la tierra prometida. Los habitantes eran más fuertes que ellos. Los israelitas fueron superados en número. Pero pusieron su fe en lo que Dios había dicho, obedecieron, pelearon, ¡y ganaron!: “Y (Dios) os di la tierra por la cual nada trabajasteis, y las ciudades que no edificasteis, en las cuales moráis; y de las viñas y olivares que no planteasteis, coméis” (Josué 24:13). Todo es por medio de la fe la cual activa la intervención de Dios a nuestro favor para hacer posible lo imposible.
La conclusión es esta: “Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad” (Josué 24:14). Este servicio no es ir a cultos o desempeñar un ministerio en la iglesia, sino una vida entregada a Él, de adoración y obediencia, vivida por medio de la fe.
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