SEÑOR, ENSÉÑANOS A ORAR

“Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, ensénanos a orar” (Lucas 11:1).

Lectura: Lucas 11:2-4.

Orar eficazmente es todo un aprendizaje. Necesitamos conocer a Dios, saber lo que espera de nosotros, lo que nos ha prometido, lo que tenemos en Cristo, quiénes somos delante de Él, y para qué sirve la oración.

Hay muchas facetas de la oración que entran en la batalla espiritual: conocer a la Persona a la cual nos dirigimos en la oración, el poder acercarnos a su presencia, la confesión de pecado, el saber reclamar las promesas de Dios, saber cómo aplicar los salmos de batalla a la oración, comprender lo que Cristo ha ganado para nosotros en la Cruz y saber someter al enemigo con el respaldo de Dios, la autoridad que tenemos en Cristo como sus representantes en la tierra, cómo tomar lo que es nuestro, la alabanza anticipando la victoria que Dios nos va a dar y la gratitud por su ayuda.

“Oye, oh Dios, mi clamor; a mi oración atiende. Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare. Llévame a la roca que es más alta que yo, porque tú has sido mi refugio, y torre fuerte delante del enemigo. Yo habitaré en tu tabernáculo para siempre; estaré seguro bajo la cubierta de tus alas, porque tú, oh Dios, has oído mis votos; me has dado la heredad de los que temen tu nombre” (Salmo 61:1-5).

Señor, enséñanos a orar acertadamente, con reverencia y temor;
Aunque somos polvo y ceniza a tus ojos, podemos, debemos acercarnos.

Nos morimos si cesamos de orar, oh concédenos el poder para orar;
Y cuando nos preparemos a encontrarnos contigo, encuéntranos por el camino.

Dios de toda gracia, venimos a ti con corazones quebrantos y contritos;
Danos lo que tus ojos se deleitan en ver, la verdad en lo íntimo.

Da profunda humildad y el poder sentir la tristeza que es según Dios;
Un fuerte deseo acoplado con la confianza para oír tu voz y sobrevivir.

Fe en el único sacrificio que puede expiar el pecado;
Para colgar nuestras esperanzas y fijar nuestros ojos, solo en Cristo.

Paciencia para velar, esperar y llorar, aunque la misericordia tarde largo tiempo;
Valentía sostenedora para el alma desmayada y confianza en Ti, aunque nos mates.

Danos estas cosas, y entonces, que se haga tu voluntad; así fortalecidos con todo poder,
Nosotros, por medio de tu Espíritu y tu Hijo, oraremos, y oraremos acertadamente.

                                                                                   James Montgomery, 1771-1854

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