EL PROPÓSITO DE LA VIDA

“Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:36-39).

Lectura: Mateo 22:34-40.

            El propósito de la vida es amar y ser amado. ¡Qué bueno que Dios lo pusiese en su ley para que lo supiéramos! Y Jesús lo repitió para que quedase clarísimo. Cumplir este mandamiento es la clave de la felicidad. Es lo que realmente nos desarrolla como personas y nos satisface. Además, nos beneficia. Nos libra de nuestro egoísmo al centrarnos en Alguien que no es el “YO”. Requiere dedicación y sacrificio. Es un proyecto que dura toda la vida. Y nos hace mejores personas. Amar al otro nos ayuda a ser pacientes, bondadosos, considerados, atentos a las necesidades ajenas, compasivos, generosos, perdonadores, humildes, serviciales, de buen humor, empáticos y comprensivos. La Biblia lo dice de esta manera: “El amor es paciente y bondadoso. El amor no es celoso ni fanfarrón ni orgulloso ni ofensivo. No exige que las cosas se hagan a su manera. No se irrita ni lleva un registro de las ofensas recibidas. No se alegra de la injusticia, sino que se alegra cuando la verdad triunfa. El amor nunca se da por vencido, jamás pierde la fe, siempre tiene esperanzas y se mantiene firme en toda circunstancia” (1 Cor. 13:4-7, NTV). El amor hermosea el rostro y perfecciona el carácter de la persona que ama.

            Y el amor para con Dios, ¿cómo es? Es la expresión de amor más elevada. Incluye la adoración, la alabanza, la gratitud, el temor, la reverencia, el respeto, la entrega, la devoción, la humildad, el aprecio, la admiración y la confianza. Conlleva el deseo de servirle, obedecerle, hablar de Él, estar en su presencia, descansar en Él, llevar a otros al conocimiento de Él, darle todo lo que tenemos, hacer todo cuanto podamos para Él, aprender más de Él, meditar en su Palabra, llenarnos de Él, amar a otros y hacer todo lo que podamos para ayudarlos. Nos lleva a desear una comunión con Él que no se interrumpe nunca por el pecado, pero cuando ocurre, la reacción inmediata es confesarlo para que la comunión sea restaurada. Este es el camino para parecernos más a Él en sus hermosas cualidades, y ¡esto también nos beneficia!, porque Él es la cima de la perfección. Amar a Dios es una ocupación que nos lleva toda la vida poderla realizar, y solo comenzamos. Nuestro deseo es estar con Él toda la eternidad.

            La expresión más alta del amor de Dios fue la entrega de su Hijo para establecer una comunión perfecta con nosotros. Es un gesto de negarse a Sí mismo, humillarse y quebrantarse por amor a personas desagradecidas y egoístas, deseando que algunos respondan en la medida humanamente posible. Lo incomprensible es que Dios desea la comunión con el ser humano, que busca la comunicación con él, y hace posible una vía de reconciliación con este ser que no lo ha tomado en cuenta o valorado. Cuando encuentra una persona que realmente se interesa por buscarlo y conocerlo, Dios se revela a Sí mismo a esta persona, derrama su amor sobre ella, y la enseña a amarlo. Esto es lo que dignifica el hombre y lo hace crecer en estatura. Cuanto más ama a Dios, más llega a ser como Él, y más se restaura a la imagen de su Creador. Esta imagen será restaurada finalmente cuando lo veamos, “porque le veremos tal como él es”. Entonces seremos perfectos en amor, con un gran parecido a Aquel que es Amor. 

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