LA RESURRECCIÓN DE LÁZARO

“… y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir” (Juan 11:44).

Lectura: Juan 11:38-44.

            La tumba de Lázaro era muy parecida a la de Jesús: “Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima” (11:38). Jesús se conmovió profundamente delante del sepulcro de su amigo. Algunos preguntan por qué, si iba a resucitarlo en seguida. Nos revela que Jesús estaba viviendo intensamente el momento: su amigo estaba muerto. Esta era la pura realidad del momento. La muerte es triste, antinatural, cruel y desoladora. Es el enemigo de Dios y la consecuencia de la Caída. Es el arma de Satanás, y plasma la naturaleza de su reino, y había capturado a su amigo y dejado desconsoladas a sus hermanas, y Jesús sintió su pena y la oscuridad de ese momento y lloró.

            Marta había confesado fe delante de Jesús, pero cuando Él dijo: “Quitad la piedra”, ella protestó. Su fe tan vibrante de hace unos minutos (11:22) ahora no estaba a la altura de creer que Jesús iba a hacer un milagro. Jesús le dijo: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?” (11:40), pero ahora no creía. Así que no fue su fe la que produjo el milagro, sino la de Jesús. Sin fe, no hay gloria. La fe de Jesús estaba a la altura y era responsable por el milagro de la resurrección de Lázaro. Jesús oró: “Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado” (11:41, 42). Delante de la tumba Jesús no pidió nada, solo dio gracias por lo que Dios iba a hacer, porque estaba convencido de ello. Al orar y llamar a Lázaro con voz fuerte, todo el mundo presente se enteró de que Jesús iba a hacer un milagro bajo la autoridad de Dios, para la gloría de Dios. Hay que tener una convicción/fe muy fuerte para comprometerte delante de mucha gente de que estás a punto de hacer un milagro. Si Lázaro no hubiese salido de la tumba, habría sido el final de la carrera de Jesús.  

            Cuando Jesús lo llamó: “¡Lázaro, ven fuera!”, la voz de Jesús, bajo la autoridad del Padre creó en Lázaro la capacidad de oír y obedecer la orden, de la misma manera que el “Sea la luz” en la Creación creó en la luz la capacidad de alumbrar la oscuridad. La voz de Dios crea vida. Hace posible la obediencia. Lázaro salió atado con la ropa de la muerte y Jesús pidió a los presentes que lo desatasen. Esto es lo que nosotros tenemos que hacer con gente atada a las cosas de la muerte, a costumbres, hábitos, prácticas de la carne. Hemos de desatarlos por medio de la corrección, la oración y la enseñanza bíblica. Dios no hace lo que nosotros podemos hacer.

            Notemos que Jesús no movió la piedra, ni desató a Lázaro. Su papel era el de tener fe y obedecer al Padre y mandar fuera a Lázaro. El papel del Padre era decretar el milagro. El papel del Espíritu era dar vida. El papel de la gente era mover la piedra y desatar a Lázaro. ¿Y cuál era el papel de Lázaro? Ninguno. Esto es consolador para los que estamos orando por seres queridos que están muertos en pecado. Cuando oyen la voz de Dios, obedecen. Lo que nosotros tenemos que hacer es lo que dijo Jesús a Marta: “¿No te he diche dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?”: creer. Lo que dijo Elizabet a María es cierto: “Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor” (Lu. 1:45). Esta fe es la que da lugar a Dios a hacer milagros.

Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.