LA ORACIÓN DE JEREMÍAS

“Conozco, oh Jehová, que el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es el ordenar sus pasos. Castígame, oh Jehová, mas con juicio; no con tu furor, para que no me aniquiles” (Jeremías 10:23, 24).
 
Lectura: Jer. 10:22-25.
 
            La oración de Jeremías es asombrosa. Dice en efecto: “Conozco, Señor, que la vida del hombre no es posesión suya. No le corresponde a él dirigir sus pasos”. Pide que el Señor lo corrija, pero no con su furor, no sea que lo reduzca a nada y lo destruya. ¿De qué necesita corrección? Pide corrección con sus pasos, con la dirección en que va su vida, porque su vida no le pertenece. Pertenece a Dios. Nuestra manera de caminar, de hacer las cosas, de tomar decisiones, no es necesariamente la correcta. Por esto queremos que Dios nos corrija si vamos mal sin saberlo. Pensamos que tomamos las decisiones correctas, que vamos por buen camino, que conocemos la voluntad de Dios y que la estamos haciendo, pero no es necesariamente cierto. Así que, en las maneras en las cuales estamos equivocados, queremos que Dios nos corrija, pero que lo haga suavemente y con compasión, sin enojo. 
 
            Es como criar a los niños. Necesitan corrección. Ellos creen que hacen bien las cosas, a no ser que sean perversos y decidan hacer lo malo a propósito. Normalmente piensan que lo están haciendo bien, pero no tienen la sabiduría para dirigir sus pasos, y menos para tomar decisiones importantes. Por eso tienen padres, para dirigirlos, y para corregirlos, pero no con enojo, porque la corrección con enojo no corrige, sino que destruye. Los deja iguales, o, más bien, resentidos. Necesitan ser corregidos con justicia, es decir, no necesitan una corrección demasiado fuerte, o castigos exagerados e injustos. Estos anulan, aplastan y amargan. No consiguen lo que pretendemos, que es mejorarlos y hacerlos madurar.
 
Nosotros también necesitamos ser corregidos por Dios de forma justa, no con su enojo, no excesivamente, no de forma que nos desanime, sino de forma que nos enseñe. No necesitamos que nos echen una bronca. No necesitamos sentirnos tontos, que todo lo que hacemos está mal, que no valemos para nada, que somos ineptos. Necesitamos ser tratados con justicia. Dios es bueno. Es tierno. Es compasivo: “No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen. Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones. Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen” (Salmo 103:10-13). Dios no nos destruye; nos salva de nuestros errores y nos edifica.
 
Esta oración de Jeremías es esencialmente que Dios me corrija si la dirección en que voy no es la correcta. Quiero que Dios me encamine. No depende de mí tomar mis propias decisiones o determinar el curso que tomará mi vida, sino de Dios, porque mi vida no es mía, sino suya. No decido el curso de mi vida; Dios lo hace. Quiero que Dios me corrija, pero que no me anule, ni me aplaste, ni quite mi personalidad, ni destruya la esencia de lo que soy. Necesito que me corrija de manera que me preserve y salve lo que realmente soy. Dios me corrige de manera que me fortalece, me edifica y me hace funcionar correctamente, para desarrollar mis dones y potenciarme, para que florezca como la persona que Él me creó para que la fuese, porque soy suyo.

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