EL LIBRO DE AMÓS (16)

“El Señor Soberano me mostró una visión. Lo vi preparándose para enviar una enorme nube de langostas sobre la tierra. Esto ocurrió después de que la parte de la cosecha del rey había sido recolectada, pero cuando se acercaba la cosecha principal” (Amós 7:1, NTV).
 
Lectura: Amós 7:2-9.
 
            En la primera parte del libro, Amós intenta destruir la falsa seguridad del pueblo de Israel que estaba basada en sus doctrinas sin tener en cuenta su estilo de vida. El Nuevo Testamento ratifica el mensaje de Amós. Pablo enseña la justificación por la fe, doctrina que va muy bien para los que han sido formados en el catolicismo y han sacado erróneamente la conclusión de que el cumplimiento de los ritos de la iglesia salva. Esto es lo que pensaban los judíos en tiempos de Amós y el profeta lo deja bien claro que no. Los evangélicos se van al extremo opuesto y creen que uno se salva por la fe aun cuando su vida contradiga todo lo que creen. Dicen que nos salvamos por la fe y no por obras. El libro de Santiago va muy bien para éstos. Deja claro que la fe que no conduce a una vida de justicia es estéril y no salva a nadie. En cuanto a la seguridad de la salvación, el Señor nunca abandonará a la persona que es verdaderamente salva. El juicio viene sobre todo Israel, pero los que son del Señor y lo muestran con vidas de santidad están eternamente seguros. Esto lo afirmará el profeta Amós antes de terminar su libro.
 
Ahora en esta parte el Señor Soberano revela lo que está a punto de hacer: traerá un juicio totalmente destructivo (7:1-6). Según Motyer la pregunta ya no es: ¿Quién pertenece al pueblo auténtico de Dios?, sino: ¿Está Dios dispuesto a ratificar su pacto con los auténticos creyentes y defenderlos en el día del juicio universal e irrevocable? El Señor mostró a su profeta una visión de una plaga de langostas que venía a destruir la cosecha. Esto significa hambre y muerte para el pueblo. La respuesta de Amós era pedir misericordia: “Oh Soberano Señor, por favor perdónanos o no sobreviviremos porque Israel es tan pequeño” (7:2). Cuando vemos la injusticia dentro de la iglesia, ¿cómo respondemos? ¿Respondemos criticando o intercediendo? ¿Pensamos que merece el castigo de Dios, u oramos para que Dios siga dándole oportunidades para rectificar? “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mat. 5:7). Dios respondió a la oración intercesora del profeta: “Así que el Señor se retractó de ese plan y dijo: No lo haré” (7:3).
 
La misma secuencia se repite en la segunda visión: “Después el Señor Soberano me mostró otra visión. Lo vi preparándose para castigar a su pueblo con un gran fuego. El fuego había quemado las profundidades del mar e iba devorando toda la tierra” (7:4). El profeta intercede: “Entonces dije: Oh Soberano Señor, por favor detente o no sobreviviremos, porque Israel es tan pequeño” (7.5). Entre paréntesis, pregunto si la Iglesia verdadera en España no es muy pequeña también, tan pequeña que da pena verla diezmada con los juicios que vienen sobre el mundo por su impiedad, impiedad que también ha impregnado a muchos de los que dicen ser creyentes. ¿Será tragada por el mundo? ¿Desaparecerá totalmente en los juicios que caerán? ¿Solo quedará una parte muy pequeña?

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