EL EVANGELIO DEL REINO (18)
“Se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios” (Hechos 1:3).
Lectura: Hechos 28:30, 31.
¿Cuál es la diferencia entre predicar el reino de Dios y predicar el Evangelio de la salvación tal como lo hacemos hoy día?
El Evangelio de la salvación y el Evangelio del Reino tienen diferentes énfasis. En la predicación del reino va implícita la sumisión al gobierno de Dios en la vida de sus ciudadanos, el formar parte de una nación con su cultura, la idea de sociedad, pero en la predicación del Evangelio está solamente la idea de creer y ser salvo. Alguien podría pensar que no hace falta sujetarse a Dios, u obedecer su Palabra, y que, aunque no lo haga, todavía puede ser salvo.
Un reino se compone de un rey, leyes, el territorio de su jurisdicción y una cultura, la forma de vida. Los súbditos están bajo la autoridad del rey, tienen que obedecer sus leyes y forman parte de un colectivo de personas que tienen la misma nacionalidad. Tienen su idioma y su mentalidad. Hay una sociedad y una cultura. Hay tradiciones. Comparten una misma historia. Estos factores los unen. Pedro expone este concepto en 2 Pedro 2:9, 10 donde dice que los creyentes somos un pueblo y una nación. El Señor Jesús predicaba el Evangelio del Reino. Los apóstoles también. En el sermón del monte y a través de los evangelios el Señor expone las leyes y la cultura de su reino. Habla de las relaciones entre los que forman parte del reino. Comunica la idea de pertenencia los unos a los otros y de convivencia.
En el Evangelio de la salvación el énfasis está sobre la relación del individuo con Dios, su salvación personal. Siempre que uno es salvo, puede pensar que no necesita asociarse con otros creyentes, que está él y el Señor, y nadie más. Va a la iglesia para beneficiarse él, o para adorar a Dios, pero no para formar relaciones profundas y duraderas con los demás. Muchas veces el elemento de comunidad falta. El individualismo de nuestra sociedad secular prevalece. La idea de obedecer la Palabra de Dios y someterse a su gobierno a menudo falta también. A muchos esto les suena a legalismo. Pueden llegar a creer que, aunque no obedezcan la Palabra de Dios, que es su ley, todavía pueden ser salvos, puesto que la salvación es por gracia. Jesús enseñó lo contrario: “Cualquiera, pues que oye estas y las hace, le compararé a un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca” (Mat. 7:24). Si no las hace, su casa será destruida eternamente. “No todo el que me dice: Señor, Señor entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mat. 7:21). El que no la hace, el que no obedece la palabra de Jesús, se perderá. Parte del Nuevo Pacto es que Dios escribe su ley en nuestros corazones y la amamos y la cumplimos con la ayuda del Espíritu Santo: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ez. 36:27). El Evangelio de reino tiene muchos componentes que no salen en la predicación de la salvación individual, sin embargo, forman una parte esencial de la salvación. Sin estos elementos no hay salvación. Sin sumisión a la voluntad de Dios y obediencia a su palabra, nadie irá al Cielo. El reino es nuestra patria ahora y eternamente.
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