EL REMEDIO PARA TODOS LOS MALES

“¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas” (Stg. 5:13).

Lectura: Salmo 150:1-6.

Cuando la mañana adorna el alba, mi corazón, despertándose, exclama,
¡Alabado sea Jesucristo!
Igualmente, trabajando u orando, acudo al Señor diciendo:
¡Alabado sea Jesucristo!

Cuando el sueño me niega su bálsamo, mi espíritu silencioso suspira,
 ¡Alabado sea Jesucristo!
Cuando malos pensamientos molestan, con esto protejo mi pecho,
¡Alabado sea Jesucristo!

¿Llena la tristeza mi mente? Un consuelo aquí encuentro,
¡Alabado sea Jesucristo!
¿Se desvanece mi gozo terrenal? Mi consuelo todavía es este,
¡Alabado sea Jesucristo!

En la eterna felicidad del cielo la nota más hermosa es esta:
¡Alabado sea Jesucristo!
Los poderes de la oscuridad temen cuando oyen este dulce cántico,
¡Alabado sea Jesucristo!

A Dios, el Verbo, en el cielo, las huestes angelicales claman,
¡Alabado sea Jesucristo!
Que los mortales, también, levanten sus voces en himnos de alabanza:
¡Alabado sea Jesucristo!

Sea este, mientras tenga vida, mi cántico divino,
¡Alabado sea Jesucristo!
Sea este la eternal canción a lo largo de la eternidad,
¡Alabado sea Jesucristo!

Himno alemán del siglo XIX, traducido por E. Caswall